jueves, 26 de febrero de 2015

La educación nos hará libres

Lo imposible es posible
 
Escribe: Gastón Acurio
 
En este mundo conectado, donde la información está al alcance de todos en todas partes, la competencia por conquistar los corazones de los cientos de millones de consumidores que se levantan cada día en busca de nuevas experiencias se vuelve cada vez más exigente. Ya no basta tener una hermosa historia que contar, unos atributos que preservar, un producto único y mágico con el cual seducir. Hoy, la innovación debe ser constante para poder ofrecer, de manera permanente y consistente, nuevos productos e historias que mantengan al consumidor conectado con aquello que producimos. La gastronomía no es ajena a este nuevo escenario. Todos los países se han dado cuenta, en parte gracias al ejemplo de la cocina peruana convertida en una nueva marca internacional, de lo importante que puede ser su gastronomía para la promoción de sus productos o sus destinos turísticos. Cada vez más países miran su despensa, sus raíces, sus conceptos, sus protagonistas, para consolidarlos en una propuesta gastronómica que los represente exitosamente y les permita acceder a este mundo gastronómico lleno de oportunidades, hoy reservado a una docena de países, entre ellos el Perú. En Turquía, Corea, Singapur, Israel, Filipinas, Marruecos, Colombia o Hungría, por solo citar unos ejemplos, están trabajando con importantísimos presupuestos para hacer que sus gastronomías se conviertan en una poderosa herramienta de promoción y expansión de su cultura y sus productos en el mundo.
 
Por ello es importante que aquí, en el Perú, no desmayemos un segundo en seguir innovando, desarrollando, perfeccionando y avanzando en todo aquello que aún nos queda por hacer, para que el actual poder de seducción que nuestra gastronomía ostenta nunca decaiga, sino que se haga cada día más fuerte. Existen muchos caminos; sin embargo, uno de los más importantes es asegurar una formación y educación de altísimo nivel para aquellos jóvenes que sueñen con ser parte de esta hermosa y desafiante actividad. Por ello es que, desde hace años, veníamos soñando con hacer algún día una universidad de última generación dedicada a la gastronomía, que viniera a complementar al instituto técnico que hace algunos años formamos en Pachacútec. Nuestro sueño, que hoy se empieza a hacer realidad en alianza con la Universidad Católica, era claro: debemos formar a los jóvenes más talentosos del Perú en el mundo de la gastronomía, siguiendo todos los desafíos a los que deberán enfrentarse para convertirse en líderes mundiales.
 
El cocinero de hoy debe formarse desde una mirada humanista, integral, multidisciplinaria, que le permita contar historias a través de sus platos, transformar el mundo a través de su cocina y ganarse, así, la confianza de comensales o clientes que hoy quieren en realidad ser más que eso: quieren ser seguidores de aquellos a quienes respetan por lo que hacen, por lo que dicen y por el impacto que tienen. El cocinero moderno debe formarse en arte clásico y moderno para aprender a atrapar la belleza en sus platos. Debe saber de sociología para comprender los desafíos de su tiempo y su entorno, de literatura para llenar de poesía sus sabores, de física y química para entender el porqué de sus procesos culinarios, de música para impregnar de ritmo sus recetas, de historia y antropología para comprender de dónde venimos y hacia dónde vamos, de medicina para ofrecer placer y bienestar, de economía y márketing para poner en valor lo que representamos, de diseño y de comunicaciones para redondear conceptos y comunicarlos emotivamente.
 
En suma, el cocinero peruano del futuro debe prepararse mucho más que antes si es que queremos que nuestra gastronomía siga su camino ascendente. Por ello, nuestra universidad estará obsesivamente enfocada en ese sentido, porque estamos convencidos de que es la educación, no solo en la gastronomía sino en todos los terrenos, la que, finalmente, nos hará libres y enrumbará al Perú hacia su desarrollo definitivo.
 
Hoy, los peruanos nos preparamos para dar lo mejor de nosotros en muchos territorios, nos esforzamos para sacar adelante nuestros sueños, imaginamos nuestros productos y propuestas compitiendo exitosamente por el mundo y nos preparamos para ello con dedicación y convicción. Por ello, en esta hora electoral, lo que esperamos de nuestros políticos es precisamente eso: que se preparen, que estudien, que investiguen, que se formen y eduquen sin cesar. Además, esperamos que los partidos políticos se fortalezcan a partir de la selección de sus hombres y mujeres más preparados para que nos representen en el Parlamento y recuperen, así, su prestigio y majestad. Ya lo dijo Haya de la Torre en sus últimos años al afirmar que el gran desafío del Perú estaría en la buena educación y la formación de una clase política que, en vez de gritar, dialogue; y que, en vez de pelear o reñir, sepa escuchar y debatir.
 
Hoy, los ciudadanos del Perú rogamos a nuestros políticos que beban de todas las fuentes: de los clásicos y los modernos, de los sabios de todas las artes, las ciencias y las letras de todos los tiempos; desde Cicerón, Maquiavelo, Sun Tzu y Rousseau, hasta Mariátegui, Von Hayek o Popper. Deben estudiar políticas públicas exitosas llevadas a cabo por otros países en terrenos tan importantes como la seguridad ciudadana, la integración y paz social, el comercio, la innovación, el diseño, el medio ambiente, la cultura, el arte, el deporte, y ver cómo pueden ser aplicables a nuestros problemas y desafíos. Pero también deben impregnarse de cultura y conocimiento humanista, dejarse llevar por los nobles senderos de las artes y, muy en especial, de la literatura como fuente de comprensión del mundo. Soñar junto a Balzac, Borges, Camus, Proust, Saramago, Faulkner, Salinger, García Márquez, Vargas Llosa y tantos, además de tantos otros narradores y poetas que llenarán de luz e inspiración sus ideas, sus compromisos, sus batallas y, lo más importante, su corazón. Ya lo decía Platón: el objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano. Los ciudadanos del Perú intentamos cada día recoger ese mensaje. Nuestros políticos, aquellos a quienes elegiremos para representarnos, deberán ir mucho más lejos. Deberán prepararse para ser los mejores entre los mejores. Con voluntad, lo imposible se vuelve posible.
 
Fuente: Perú 21

viernes, 13 de febrero de 2015

Mártires polacos en Perú

Mártires polacos en Perú
 
La beatificación de tres sacerdotes asesinados es el homenaje a quienes luchan contra la violencia
 
Escribe: Diego García-Sayán
 
La noticia se publicó en Perú la semana pasada, pero quedó un tanto perdida en medio del fárrago de titulares alrededor de la aburrida crisis política local, crecientemente judicializada y huérfana de ideas. La beatificación dispuesta por el papa Francisco de tres jóvenes sacerdotes asesinados en el norte de Perú en 1991 por Sendero Luminoso, conocida en ese contexto, tiene un inmenso significado que no puede pasar desapercibido.
 
Michael Tomaszek (30) y Zbigniew Strzalkowski (32), Franciscanos de Cracovia, fueron fulminados por las balas terroristas el 9 de agosto de ese año en la localidad andina de Pariacoto del departamento de Ancash. Los asesinos dejaron junto a los cadáveres un pedazo de cartón en el que habían escrito “así mueren los que hablan de la paz y los que lamen el imperialismo”. Sandro Dordi (60) cayó dos semanas después en el trayecto de Vinzos a Santa, en la misma región de Ancash, muy lejos de su natal Bérgamo.
 
Tuve ocasión de conocer Vinzos, Pariacoto y demás parajes de Ancash, en el norte andino del Perú, cuando pasé una larga temporada en esa zona como voluntario de la Cruz Roja, en el socorro a las víctimas y la reconstrucción del terremoto de 1970 en el que murieron más de 70.000 personas. Hermosas e idílicas a la vista, pero muy pobres quebradas interandinas, con una economía campesina batalladora. La catástrofe producida por el sismo añadía dramatismo y retos inmensos a gente que enfrentaba con tesón y perseverancia; el trabajo voluntario permitía reconstruir escuelas, acequias e iglesias.
 
Veinte años después, la garra terrorista y asesina de Sendero Luminoso ensangrentaría de nuevo estos parajes. Cayó sobre ellos una nueva página de sufrimiento, esta vez por obra humana. Es en ese contexto en el que fueron asesinados esos tres buenos sacerdotes, que acompañaban con su prédica y trabajo social a la gente, mayoritariamente muy pobre, con un mensaje de paz y justicia. Eso demostró ser demasiado para la cerril intolerancia senderista que los asesinó.
 
La guerra que desató el terrorismo de Sendero Luminoso en 1980 produjo la muerte de decenas de miles de personas, tanto por acción terrorista del terrorismo como por operaciones militares del Estado. Durante los más de 20 años transcurridos, el hecho del asesinato de los tres sacerdotes quedó un tanto perdido entre la ruma de información sobre los miles de muertos y desaparecidos en 20 años de violencia.
 
La iniciativa y perseverancia de Monseñor Luis Bambarén, entonces obispo de Chimbote (cabeza eclesial de las parroquias en donde laboraban los tres mártires en Ancash), fue capital para mantener la memoria sobre lo que pasó impulsando el proceso de beatificación desde 1995. En esta última fase, el marco del papado de Francisco fue decisivo para producir la justa beatificación de los tres mártires, en simultaneidad a la beatificación de Monseñor Óscar Romero, asesinado por un comando paramilitar de ultraderecha en los prolegómenos de la guerra interna en El Salvador.
 
Esto tiene un inmenso significado: el reconocimiento y homenaje a conductas ejemplares de personas que batallaron contra la violencia con su fe y cerca del pueblo; al lado de las preocupaciones y almas de los pobres, explicación de por qué el terrorismo asesinó a unos, y el paramilitarismo a Romero. Muy distinta a la conducta de algún pastor que en el sur andino del Perú en esos mismos años cerraba las puertas a quienes buscaban auxilio y apoyo frente a las masacres o las desapariciones.
 
Es para mí un gran honor en estos tiempos compartir con Monseñor Bambarén y otras personas la responsabilidad de tener que poner este año a disposición de la sociedad peruana el Lugar de la memoria, la tolerancia y la inclusión social. En ese espacio de memoria, Tomaszek, Strzalkowski y Dordi ocuparán un lugar especial. Ello no solo como homenaje a las víctimas sino para promover —y remachar— la convicción de que el horror no puede repetirse.
 
Fuente: El País

jueves, 12 de febrero de 2015

Construyendo el gran sueño de todos

Mi pequeño gran sueño
 
Escribe: Gastón Acurio
 
Tengo un sueño. Un pequeño gran sueño. Íntimo, personal, tal vez frívolo. No es el gran sueño del Perú con oportunidades para todos por igual. Del Perú que finalmente desterró la corrupción para siempre. Del Perú visto por el mundo como un paraíso que todos quieren visitar. Del Perú en el que nuestros niños reciben la mejor educación pública posible, en el que nuestros jóvenes sueñan en grande porque saben y sienten que pueden hacer grandes cosas en su tierra, en el que nuestras familias salen a las calles sintiéndose seguras y protegidas, y en el que nuestros padres y ancianos puedan llegar al fin de sus días sintiendo que ser peruano valió la pena. No, no es el sueño inmenso del Perú para todos y admirado por todos. Ese es un sueño que vivimos, soñamos y perseguimos día tras día, con nuestras palabras y nuestras acciones, millones de peruanos. La mayoría lo hace anónimamente, algunos intentando arengar al resto desde sus trincheras con su ejemplo de vida. Unos con más recursos que otros, algunos con más tiempo y devoción que otros, pero, al final, ese es el sueño que tenemos y compartimos la inmensa mayoría de peruanos que nos levantamos cada mañana a trabajar por nuestros sueños y los de nuestra patria.
 
Mi pequeño gran sueño es algo más banal, quizá egoísta y, sobre todo, poco importante o insignificante para el resto. No es un sueño distinto al que tuve cuando era adolescente. En realidad, se trata de regresar a él. Es el sueño de poder algún día tener ese pequeño restaurante de cinco mesas que imaginaba cuando descubrí que había nacido para ser cocinero. El poder ir temprano al mercado, escoger los mejores ingredientes que ofrece la temporada, poder conversar y bromear con los caseros, tener el tiempo para tomarme un juguito sentado en una banca del puesto favorito mientras veo la gente pasar.
 
Poder llegar a mi pequeña cocina, de dos hornillas, un horno de leña donde hacemos el pan y un batán, y empezar a diseñar lo que será el menú del día. Escribir la pizarra donde anunciaremos los platos del día, porque, claro, en un restaurante así no puede haber una carta. El menú lo decide el mercado, el humor, la vida. Empezar a sentir los olores del guiso, del aderezo, del rostizado. Saludar a los clientes, que, más que clientes, son personajes con nombre y apellido que, al entrar, quedan desnudos de cargos o fortunas para convertirse todos en comensales de una misma cocina y un mismo sentimiento. Poder ver sus caras de felicidad o de sorpresa y, por qué no, de rechazo. Poder dejar que la tarde caiga sin prisas, generosa, apacible, deliciosamente simple y común. Disfrutar de un chilcano al final del día como premio a lo vivido o, en realidad, como agradecimiento a la vida que nos tocó vivir.
 
De momento, mi pequeño gran sueño es un sueño lejano. Aún hay mucho por hacer, mucho por crear, mucho más por explorar, por arriesgar o por aventurarse. Y es que hacer empresa entendiéndola como una oportunidad para crear riqueza y oportunidades, para abrir caminos, para compartir y generar bienestar a lo que te rodea, para contribuir con tus acciones a que ese sueño colectivo que compartimos los peruanos se vaya haciendo cada vez más cercano y posible, es una tarea ardua que demanda paciencia y perseverancia. Tarea ardua que, en todo caso, se ve ampliamente recompensada por el honor de poder vivir una vida entregada a hacer lo que uno pueda hacer de forma digna y decente, por sacar adelante los sueños de su familia y de su patria.
 
Hay tanto, pero tanto por hacer aún que a veces mi pequeño gran sueño parece alejarse. Pero no. El cocinero es, por naturaleza, optimista. Tiene que serlo para evitar que su cocina caiga en la mayor de sus desgracias: la desazón. Por ello, a pesar de las señales equívocas de su entorno, el optimismo siempre regresa y, como cada día, con más fuerzas que ayer, la tarea se renueva, el compromiso se agita, y una vez más va para adelante, aprendiendo, compartiendo, avanzando, con la ilusión de que, a cada paso, cada día, el premio del pequeño gran sueño estará más cerca en la medida en que todos con nuestras acciones vayamos construyendo ese gran sueño de todos, el Perú.
 
Fuente: Perú 21