jueves, 27 de septiembre de 2012

El Presidente Humala y la petroquímica

Sin Gasoducto no hay paraíso 
 
Editorial de Otra Mirada
 
El fin de semana, el Presidente de la República Ollanta Humala señaló que quisiera ser recordado como el presidente que logró sacar adelante el desarrollo petroquímico del Perú. Señaló además que este es un gran proyecto para el país pues el Perú es fundamentalmente minero y el gas permite balancear el tema minero. Desde Otra Mirada saludamos esta intención presidencial. Consideramos fundamental que el desarrollo petroquímico en el Perú sea una realidad ya que no sólo se trata de una deuda histórica con el país, sino que permitirá la industrialización del gas al mercado mundial, como lo hemos analizado en nuestro Suplemento de Setiembre 2012. Sin embargo, debemos alertar al presidente haciendo de aguafiestas y señalándole que el proyecto presentado por el Ejecutivo, en el cual se propone un ducto de etano entre otras cosas, hace imposible que se logre desarrollar el polo petroquímico que necesita el país.
 
El presidente ha indicado que este ducto complementa el Gasoducto del Sur y que éste será construido de todas maneras. Esto es inexacto. Lo primero que hay que señalar es que no hay suficiente etano para dos petroquímicas, una con el etano-ducto costero sur y la otra con el gasoducto surandino y su petroquímica. Sólo para uno de ambos.  El diseño presentado al entregar el etano del lote 88 y 56 al gasoducto central, le quita rentabilidad a la petroquímica y anula el gasoducto surandino y sus ramales, los cuales se entrelazan con ella. Fragmenta en tres áreas, lo cual restringe la seguridad energética nacional. Esto cancela el diseño integrador asumido por las leyes vigentes. Se beneficia así el consorcio Camisea (monopolio) pues los usuarios del gas quedan cautivos al abastecimiento y precio que imponga el monopolio y, por tanto, son perjudicados.
 
Pero además, hay que develar el cuento del “etano-ducto costero”, ¿para quién es este etano-ducto si no existe complejo petroquímico? Vale decir, ¿de qué sirve tener el ducto que transportará el etano si no contamos con la petroquímica que lo trabaje, lo separe, etc.? Y si está dedicado a ser exportado y es separado en Pisco, que tiene puerto, ¿Quién lo va a llevar hasta Ilo con un sobrecosto de mil kilómetros de transporte? ¿Qué es lo que transportará este ducto? ¡Vaya misterio sin resolver!  
 
Recordemos que con el Gasoducto en el Sur, además de rentabilizar con su demanda el gasoducto surandino, se entraría a un nuevo momento en la industria petroquímica de nuestro país. Esta, la petroquímica, es decisiva para dejar de ser un país exportador de materias primas y pasar a ser uno con desarrollo industrial nacional, teniendo en cuenta, además, que los avances de la industria petroquímica a nivel mundial son muchos y las nuevas técnicas de refinamiento y cracking permiten generar materias primas para diversas industrias derivadas y reemplazar gran parte de las materias primas naturales.
 
Por ello, el complejo Petroquímico del Sur, que se localizaría en una zona muy excluida y postergada de nuestro país, constituye no sólo un proyecto industrialista, sino descentralista e inclusivo para el país. Querer variarlo a último momento o beneficiar a un monopolio en lugar de tomar la batuta en esta revolución es además de irresponsable, decepcionante para millones de ciudadanos que creyeron en estas promesas. Un ducto de etano no complementa el gasoducto. El etano-ducto costero propuesto elimina la posibilidad de que sobreviva un proyecto integral y la nueva propuesta cambia la original por una  con enfoque inferior y local que, finalmente, no soluciona nada.
 
El Presidente debe considerar que sí es posible ser recordado como aquel que desarrolló la petroquímica en el Perú, pero para ello necesita releer sus planes originales asumidos con la ciudadanía, recordar sus propuestas y compromisos con la nación, honrarlos y dejar de variarlos en función de intereses con nombre propio. Así, sí valdría la pena ser recordado.
 
Fuente: Otra Mirada

martes, 25 de septiembre de 2012

Pantalla de violencia

A Ruth la mató el rating
 
Escribe: Alexandro Saco
 
A Ruth Sayas la mató el rating y los que viven de él; si bien algunos relativizan la influencia de la TV en la violencia, lo que falta es evidenciar los alcances de esa correspondencia. Si una joven participa en un programa exhibiendo su verdad, con la producción fabrica una trama y pone el ex como novio, recibe dinero por eso, luego ese ex novio exige parte del pago, secuestra a la mujer y termina matándola, es obvio que las cosas se desencadenaron por lo sucedido en el programa. Tratar esto sólo como un caso más de feminicidio es hacerle el favor a los que han demostrado que el rating importa más que la vida.
 
Sostiene Ortiz que la verdad siempre ilumina y con esa afirmación pretende cerrar el debate sobre las consecuencias de sus actos. El asunto es el uso que se le puede dar a ciertas verdades. La verdad personal no es un producto para exhibir en una vidriera (la TV es la vidriera más grande y ubicua del planeta), sino una condición personalísima que puesta en venta hace corresponsable de las consecuencias al comprador de ésta. Es decir, si alguien paga 15 mil por esas revelaciones y la vendedora termina fondeada en un pozo, existe una responsabilidad compartida entre comprador y vendedor.
 
No nos vengan entonces con el cuento de los atributos de la verdad para obviar lo que la muerte de Ruth nos muestra: la TV peruana no tiene reparo en traficar con la vida misma. Eso lo vemos desde hace 15 años con el tratamiento que se le da también a las demandas sociales, en las que el desenlace en vidas perdidas y malogradas también es responsabilidad de la TV. Ahora que la correspondencia entre el rating y la muerte se hace explícita, habría que impulsar al menos un punto de quiebre.
 
Si  mañana un canal de TV anuncia que trasmitirá una violación en directo rompería el rating y ¿la violencia contra la mujer explicaría esa violación?  No exagero, la semana pasada Vidas extremas de ATV logró que una mujer se “amiste” y reciba nuevamente en su casa al hombre (su esposo) que con un cuchillo le cortó la cara; en unos meses quizá tengamos que lamentar la muerte de esa mujer, pero Mariella Patriu y Álamo Pérez Luna seguirán haciendo “periodismo”.
 
La presentación de Ruth Sayas en "El valor de la verdad" no es parte de una labor periodística: no hay compromiso con visibilizar la realidad, prima el  ánimo por el rating que se traduce en lucro para el canal y su conductor. No existe otro compromiso que el de lograr que más televisores sintonicen el programa al precio que sea: en este caso el precio fue la vida de una joven.
 
La potencia de la televisión es inmensa, sus ejecutivos lo hacen notar para vender sus espacios publicitarios, y genera dinero mientras más burda sea; pero paradójicamente ahora los principales interesados en relativizar esa influencia son los propios canales de TV y los que hablan por sus dueños. Ortiz está asustado y utiliza toda su capacidad discursiva para justificarse, pero estoy seguro que ya ni él mismo se cree sus argumentos.
 
Fuente: Otra Mirada

sábado, 15 de septiembre de 2012

La promesa del gasoducto del sur peruano

Gasoducto del sur: historia de una promesa a punto de romperse
 
Editorial de Otra Mirada
 
El 28 de julio de este año, el Presidente Ollanta Humala anunció en su mensaje presidencial la presentación de un nuevo proyecto de ley referido al Gasoducto del Sur y la Petroquímica. En agosto, la propuesta se oficializó y constituye, sin duda, un viraje respecto a la promesa de campaña que hiciera el mandatario respecto a llevar el gas al sur no sólo para su consumo en viviendas y vehículos, sino para permitir la industrialización del surandino. Se trata, lamentablemente, de una promesa a punto de romperse y, sin duda, de un conflicto en gestación.
 
El Gasoducto del Sur constituye una deuda histórica con el país para cuya construcción Kuntur obtuvo la concesión y presentó un proyecto integral que ha sido relegado en julio de este año. La nueva propuesta indica que ahora se construirán ductos que fragmentarán el sur en tres áreas absurdas alegando que se busca preservar la seguridad energética cuando, lo que hace este nuevo diseño, es restar rentabilidad al inicial y bloquear el gasoducto. ¿Quién gana? El monopolio Camisea.
 
No faltan las voces de quienes sostienen que la razón por la cual el Gasoducto Surandino se encuentra en vilo tiene relación con las ideologías detrás de su construcción. Nos quieren hacer creer que aquí no están operando intereses subalternos que buscan fortalecer a un monopolio en lugar de incentivar la sana competencia que beneficiaría a todos los usuarios. Recordemos, además, que sobre el Consorcio Camisea pende una investigación por evadir el pago de las regalías correspondientes y, por tanto, incumplir el contrato asumido con el Estado. Y, hace poco, se anunció el aumento del GNV con lo cual se perjudicarían muchos de los taxistas y usuarios. Es un monopolio que sigue creciendo y hace con las tarifas lo que le viene en gana con el lamentable aval del Estado.
 
Como vemos, el problema es complejo y el debate es necesario para que no se burlen los intereses de miles de ciudadanos que tienen el derecho a hacer uso de su gas y para que un monopolio deje de operar a su antojo con los que nos pertenece a todos los peruanos. En el sur se han abierto importantes foros ciudadanos de debate sobre este asunto estratégico, en Cusco, Puno, Arequipa, Moquegua y Tacna, para debatir y afianzar una propuesta común y sacar adelante el gasoducto y la Petroquímica Surandina. 
 
El día de mañana, con el diario La República, Otra Mirada presenta el suplemento que desmenuza los proyectos de ley en debate respecto a este tema, las consecuencias, ventajas y desventajas. Que se abra el debate.
 
Fuente: Otra Mirada

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La oportunidad de la transformación educativa

Afrontar el problema del magisterio



Escribe: Salomón Lerner Febres



La educación escolar en nuestro país adolece de muy graves deficiencias desde hace décadas. En realidad, lo más justo sería decir que es deficiente desde siempre, pues si alguien recuerda épocas en que la escuela peruana cumplía mejor sus funciones, posiblemente no tiene en cuenta el contexto de vasta exclusión social en el que ello ocurría. Era relativamente más viable ofrecer una educación escolar aceptable cuando ella se dirigía únicamente a una fracción minoritaria de peruanos. Con el sistema educativo ha ocurrido lo mismo que con varias otras instituciones del país: no supo acatar el mandato de inclusión y, por tanto, de universalidad del servicio, preservando al mismo tiempo un nivel adecuado de calidad. La universalidad se tradujo en masificación y a partir de ahí se propuso a la población un pacto deshonroso para nuestro Estado: educación de calidad para quienes puedan pagar por ella y un simulacro de educación para la enorme mayoría que precisa del servicio público.



Corregir esa situación demanda, como es obvio, un esfuerzo descomunal y, sobre todo, sostenido. Se precisa abandonar iniciativas erráticas y esporádicas. Y se precisa, también, mirar de frente a la integridad del problema en lugar de complacerse en golpes de efecto apenas útiles para la refriega política, no para la transformación necesaria.



La actual ministra, Patricia Salas, y su equipo ministerial representan una oportunidad para cambiar en algún sentido relevante el estado de cosas en el sector de educación. En un gobierno que ofreció cambios, pero que muy pronto se olvidó de esa oferta, la gestión del Ministerio de Educación es una de las pocas opciones de transformación todavía vigentes. Por ello, impresiona, aunque no sorprende del todo, la campaña de desprestigio y de demolición política que repetidamente dirigen contra ella los sectores más conservadores y más renuentes a una transformación inclusiva en el país.



Hace algunos meses, se empleó como pretexto para desacreditar a la gestión ministerial los contenidos de textos escolares en relación con el tema de la violencia armada. Hoy se recurre a la deformación y tergiversación de una importante iniciativa como es la de reformar las normas relativas a la carrera pública magisterial no solo para mejorar los términos en que esta se hallaba planteada sino también para proponer vías de solución más abarcadoras a la cuestión del magisterio en el país.



El problema de nuestra educación escolar tiene muchas facetas y la del magisterio es una de ellas. No es la única, pero sí es una de las más importantes, y ello puede entenderse de dos modos distintos: para algunos, los más ciegos y obtusos, parece significar que hay que declarar al maestro y a sus gremios como un enemigo por derrotar y avasallar. Para otros, que comprenden la situación en sus verdaderos términos, significa que no se puede transformar verdaderamente la educación escolar tomando al docente como enemigo o como pieza pasiva o fungible en el proceso. Se trata, por ello, de buscar la forma creativa, dialogante, basada en principios, de ganar al magisterio hacia la causa de la reforma, que es de los niños y niñas del país.



No cabe desconocer dos de las grandes dificultades que hoyse hallan en el sector magisterial para avanzar en una mejor dirección. Una es estructural e histórica y se refiere a las insuficientes competencias de los docentes y al desprestigio de un papel que debiera estar entre los más valorados socialmente. La otra es el tipo de politización de tonos radicales que ha conquistado protagonismo desde hace décadas en el gremio. Hoy eso se expresa, de la forma más crítica, en el crecimiento de una facción afín a Sendero Luminoso.



Pero no todo el Sutep ni su dirigencia están en esa lógica; más bien, hay ahí elementos que pueden ayudar a atajar las inaceptables pretensiones del senderismo. Satanizar todo contacto y diálogo con esa dirigencia es una ceguera penosa o un cinismo descomunal. Es, sobre todo, la expresión de una tendencia conservadora intransigente que parece abocada a destruir o bloquear todo esfuerzo serio de cambio en nuestra sociedad.



Tratar de modo adecuado el problema requiere revalorar la condición del docente. Para eso se necesita sapiencia, compromiso y paciencia, no el oportunismo que exhiben los detractores de los cambios propuestos.



Fuente: La República