lunes, 10 de diciembre de 2012

Miedos urbanos

Miedos urbanos
 
Escribe: Jorge Bruce
 
El mayor éxito de los promotores de la revocatoria ha consistido en concentrar el inmenso malestar de vivir en una urbe tan problemática como Lima en la persona de la alcaldesa, Susana Villarán. Paradójicamente, esta tarea se ha visto facilitada por el serio intento de reforma del transporte, que implica chocar con los intereses de mucha gente, entre los cuáles se incluyen usuarios que temen salir perjudicados. Así, una persona que acude a mi consultorio desde un barrio alejado del mismo, utilizando el transporte público, el mismo al que debe recurrir para transportarse a la universidad donde estudia, me dice su fastidio porque cierta línea de combis ya no pasa por la puerta de su casa. Como consecuencia se niega a usar el metropolitano, pues le parece una imposición autoritaria del municipio de Lima.
 
Este es solo un ejemplo y ciertamente se podrían citar muchos en sentido contrario, de usuarios profundamente insatisfechos con el maltrato de las líneas que recorren las calles de la capital actualmente, muchas veces en condiciones execrables. Pero el hecho es que existe un temor a ese cambio de un transporte informal e indigno, en pro de uno de mucho mejor calidad pero que podría tener un número significativamente menor de líneas y un costo mayor al actual.
 
Esta versión de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, constituye un temible desafío para quien pretenda esa impostergable tarea de modernización y racionalización del caótico, violento y anómico sistema de transporte limeño. En este como en otros de los trabajos hercúleos que requiere con urgencia nuestra ciudad, la alcaldía se enfrenta, pues, en primer lugar a los temores de habitantes que se aferran a lo que ya tienen y ven con angustia el proceso de cambio.
 
Preciso es decir que así como los revocadores, pese a todas las evidencias de sus turbios intereses, han logrado capitalizar esta inquietud, del lado del municipio no se ha evaluado a tiempo el riesgo que esto suponía. Tengo la impresión que se asumió que las buenas intenciones que animan el proyecto iban a suscitar la entusiasta adhesión de una mayoría de vecinos. En otras palabras, se subestimó el apego de los habitantes de Lima a un sistema que conocen y al cual se han habituado, pese a las deplorables condiciones mencionadas. Lo cual se puede hacer extensivo a todo el proyecto municipal. Una cosa es aumentar la seguridad con personal y equipos, o bien mejorar el sistema de recojo de basura, lo cual no supone ningún riesgo para los vecinos, todo lo contrario, y otra muy distinta es romper un mecanismo que, mal que mal, transporta a los ciudadanos. Como señala Martín Tanaka en La República del domingo 25 de Noviembre, quiénes sí ven la reforma del transporte público como un beneficio incuestionable son quienes no lo usan.
 
Ahora bien, estos grupos inescrupulosos que ya conocían este temperamento mayoritario por haberse dedicado, durante el periodo previo, exactamente a realizar únicamente aquellas obras que no pisaran callo alguno, supieron detectar estos miedos y desconfianzas. Luego echaron mano de un mecanismo que claramente no está cumpliendo su cometido, como es el de la revocatoria. Es clarísimo que este extremo democrático debería ser recurrido cuando se encuentran evidencias de corrupción o algún otro abuso –lo que ocurrió por ejemplo con el caso Comunicore- y no sencillamente porque quienes perdieron la elección lo saben aprovechar. Esto es lo que Tzvetan Todorov llama en su último libro los enemigos íntimos de la democracia.
 
La propia democracia segrega estos venenos en su seno, los cuales amenazan su supervivencia: “La democracia está enferma de su desmesura: la libertad se convierte en tiranía, el pueblo se transforma en masa manipulable, el deseo de promover el progreso se transforma en espíritu de cruzada.”
 
En este como en otros de los trabajos hercúleos que requiere con urgencia nuestra ciudad, la alcaldía se enfrenta, pues, a los temores de habitantes que se aferran a lo que ya tienen y ven con angustia el proceso de cambio.
 
Los revocadores constituyen, a mi entender, un ejemplo clarísimo de esos enemigos íntimos. Como Movadef, se insertan en las grietas del funcionamiento de la sociedad para pervertir su sentido. Para ello se requiere, es cierto, la preexistencia, como dicen las compañías de seguros cuando no quieren cubrir una dolencia que existía antes de contratar la póliza, de un malestar como el arriba mencionado. Esta conjunción es temible. Si no existieran esas resistencias al cambio, y la urgencia de reformas en aspectos cuyos beneficios aprecien de inmediato, sin los costos de asuntos como La Parada, los revocadores no podrían haberse salido con la suya. Que para ello hayan debido contar con la mediocridad y quizás algo peor de organismos como el JNE, es parte de la ecuación irresponsable y destructiva que hoy tiene a Lima en jaque. Porque no nos engañemos: el destino de la alcaldesa y los regidores es secundario respecto de la magnitud del daño que le haría a la ciudad el triunfo de ese proyecto, apenas velado, de retorno de la corrupción al palacio municipal. A lo cual conviene agregar el tiempo perdido y la consecuente paralización de las obras emprendidas.
 
No obstante, todavía no hemos llegado a ese punto. Ya se observa la conformación espontánea de una coalición variopinta de personas e instituciones que rechazan este intento de inyectar curare a la ciudad, para inmovilizarla y poderla devorar con tranquilidad. Pero esta conjunción no es suficiente. Ahora hay que revertir una tendencia que parece ser muy difícil de voltear, dadas las cifras que circulan y el poco tiempo del que se dispone.
 
Lo interesante del proceso es que no podía haber una señal de alarma más clara y resonante de los puntos ciegos de la gestión actual. Ahora resulta evidente la falta de apoyo de la mayoría de vecinos, quienes no parecen haberse reconocido en el discurso de las nuevas autoridades municipales, ni en su plan que no conocen y del cual desconfían, tal como lo indica la reciente encuesta de GFK. Este signo de los tiempos es el que estos personajes inescrupulosos sí supieron identificar para sus intereses venales.
 
En el poco tiempo que resta, de continuar las cosas tal como se encuentran ahora, sería indispensable ajustar esa mala sintonía, al mismo tiempo que se denuncian las torvas intenciones de quienes impulsan esta regresión a tiempos oscuros en el manejo de la ciudad. Pero acaso el primer punto sea prioritario. Esto supone no solo un esfuerzo de comunicación de lo realizado, lo cual ya está ocurriendo, sino un ejercicio de reflexión autocrítica en torno a esos puntos ciegos y esa confianza un tanto ingenua en que era suficiente con pretender una gestión limpia, al servicio de la comunidad, para que la ciudadanía se sienta representada y comprendida. Está claro que conducir de manera honesta los asuntos municipales es insuficiente. Una ciudadanía cuya compleja composición responde de maneras muy distintas a las intenciones de las autoridades, exige un trabajo de mapeo minucioso de las múltiples demandas y expectativas que la animan. La eficiencia se mide también en función de la capacidad de tener clara esa complejidad, pues de lo contrario las frustraciones y temores serán el caldo cultivo que buscan –y encuentran- quienes propician el caos para recuperar el botín de las arcas municipales.
 

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