domingo, 12 de agosto de 2012

Simplismos económicos

SIMPLISMOS

Escribe: Eduardo Dargent

Uno de los aspectos que más impresiona a quien revise artículos de opinión, planes de gobierno y declaraciones públicas de los líderes políticos del centro hacia la izquierda en los años ochenta es la facilidad con que se discutía de economía como si fuera un tema meramente político. Un diagnóstico común era que solo se alcanzaría mayor desarrollo si se reducía el poder económico de las clases propietarias. Mientras ellos concentrasen poder económico, tendrían poder político, y los grandes cambios sociales que el país requería serían inviables. Pero si se lograba estatizar la propiedad, o democratizarla en curiosos esquemas de propiedad social, lo bueno caería por su propio peso: igualdad, un pujante mercado interno y prosperidad económica vendrían juntos. Si no me creen, revisen el primer capítulo del libro “1987: Los límites de la voluntad política” de Javier Barreda para que vean cuán poderosos eran estos sentidos comunes.

Una serie de temas prácticos no recibía atención. Por ejemplo, cómo ser eficientes con una economía regulada, la necesidad de profesionalizar al Estado para que cumpla con las funciones que se le encargarían o de qué forma se atraería inversión privada externa en esas condiciones. La pregunta de qué pasaría después de expropiar no estaba en el horizonte, o se respondía confiando en la eficiencia de un Estado débil y sin recursos. En resumen, sea por ceguera ideológica o intereses de corto plazo, la economía era para muchos un tema político, dejando aspectos técnicos de lado por ser secundarios.

Hoy ya no hablamos de la economía como un tema meramente político, en parte porque aprendimos los costos prácticos de pensar de esa manera. Después del desastre económico de los ochenta, la política económica se volvió un tema de números y costos. Las ventajas de mirar con mayor criterio profesional la economía son evidentes y no voy a extenderme en ellos. Hoy hasta los antiguos radicales reconocen que hay límites a lo que se puede hacer en economía. La versión original de la Gran Transformación de Humala es un cachorro comparado con el Gran Danés reformista de Alan García en su libro “El futuro diferente”. Y, en mi opinión, es muy positivo que sea así.

Pero desde hace buen tiempo se ha hecho común escuchar otro simplismo, esta vez de signo contrario: el modelo económico actual es técnico, no hay espacio para la política. Las reglas existentes apuntan, en el corto o largo plazo, al bien común. La sospecha de una posible manipulación en beneficio de algunos se califica de radical: es “evidente” para sus defensores que una economía de mercado no permitiría beneficios indebidos. Y la ingenuidad de que el Estado lo puede todo fue reemplazada por una ingenuidad similar: al Estado y a la política en general no se les necesita porque estorban.

Se deja de lado una verdad que conoce cualquiera que sabe algo de política: los que más ganan con el sistema existente suelen usar su poder para mantener sus beneficios e incrementar sus ventajas. No hay que ser marxista para denunciar los costos de estas disparidades de poder, basta con ser desconfiado. Los beneficios de los ganadores del sistema económico no siempre serán los de la sociedad toda. Y establecer estos criterios pasa por establecer un tercero imparcial eficiente y a cierta distancia de los intereses económicos y sociales. Cualquier liberal que se respete debería estar interesado en establecer instituciones capaces de vigilar los centros de poder económico, lograr que el Estado pueda discutir de igual a igual con ellos a fin de evaluar qué soluciones son en verdad técnicas y no opciones interesadas.

Esta segunda perspectiva, se base en creencias reales o intereses concretos, también tiene consecuencias negativas. Ha conducido a mantener áreas del Estado minusválidas, incapaces de regular la actividad de los que más se benefician con el modelo económico. Los que demolieron el Estado ineficiente de los noventa no fueron capaces de construir uno nuevo profesional, más eficiente. Que no estorbe, pero que tampoco esté pintado.  Decirlo es mucho más fácil que hacerlo, por supuesto. Pero va quedando claro que sin un mejor Estado el modelo de desarrollo tiene límites aun en tiempos de crecimiento. Imagínense si hay una desaceleración de la economía. Y sin políticos, o técnicos con olfato y poder político, estas reformas inteligentes no se harán.

Fuente: Diario 16

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