lunes, 19 de marzo de 2012

La política y la moral

La política y la moral

Escribe: Jorge Secada Koechlin

¿Qué tiene que ver la moral con la política? Responder correctamente a esta pregunta es crucial si queremos entender la naturaleza de la política y el lugar que ocupa en nuestras vidas. La política y la ética (que usaremos como sinónimo de "moral") se relacionan íntimamente. Empecemos examinando algunas maneras comunes de negar esta verdad.

Se suele pensar que la moral es un asunto privado, y que la política más bien es pública. Mientras la moral tiene que ver con lo que cada cual considere correcto o incorrecto, la política se ocupa de la administración eficiente del Estado, asegurando educación, salud y orden, y creando las condiciones para que los ciudadanos puedan llevar a cabo sus actividades productivas y vivir como escojan vivir. El Estado es como una gran empresa y la política se compara, desde esta perspectiva, con la gestión de un negocio. Confundir moral con administración pública es receta para la tiranía o al menos para la inefectividad.

Esta visión liberal se puede fundamentar sosteniendo que lo que sea bueno o malo es cuestión de opinión. La política, sin embargo, trata de lo que nos concierne a todos, su esfera la determinan las leyes, y su legitimidad se basa en el consenso. Las personas son agentes libres, que se asocian entre sí porque esto los beneficia. El fin de las leyes y de la buena administración del Estado es crear las condiciones para que cada cual pueda vivir como le parezca, participando productivamente en un mercado libre, eficiente y equitativo. La política y la economía tienen, pues, una relación cercana.

El marxismo sugiere otra manera de entender la política independientemente de la ética pero vecina de la economía, una manera que curiosamente está en las antípodas de la que venimos de delinear. Según los marxistas, hay estructuras económicas fundamentales que explican las conductas sociales y el devenir de los pueblos, y que determinan hasta la cultura y el pensamiento. La política tiene que ver con el ejercicio del poder; y los agentes políticos están motivados por sus intereses económicos. La ética es pura ideología, un fenómeno subjetivo que manifiesta cierta consciencia de clase. Es la ciencia marxista la que rige la acción de quienes se identifiquen con las clases oprimidas y estén con el progreso y las grandes transformaciones revolucionarias.

Hay críticas decisivas que refutan estas posiciones. Es ya evidente que no existe la imaginada ciencia marxista de la sociedad y la historia. Y sin el sustento de su teoría, la práctica marxista no tiene identidad. ¿Qué hay de marxista o comunista en la China desde que optó por el libre mercado? ¿Un Estado autoritario y remanentes de planificación central? Escuchamos a los marxistas de antaño hablar de justicia, equidad, desarrollo y democracia, sin escuchar nada que los distinga de cualquier liberal que predique exactamente los mismos objetivos. Sin el materialismo histórico, su fallida ciencia de la sociedad y la historia, los marxistas no tienen cómo responderle siquiera a quienes nieguen esos objetivos y afirmen alguna forma de egoísmo político o de anarquismo individualista.

Y los liberales que suponen un consenso legitimador y reducen la política a la administración eficiente, no tienen qué decir cuando se cuestiona este supuesto consenso. No es posible deducir la legitimidad política de la mera razón y la libertad individual. No se equivocó John Rawls, el más distinguido pensador liberal del siglo XX, al reconocer hacia el fin de su vida que para fundamentar la legitimidad política es necesario adoptar una concepción del bien.

Vayamos al meollo: las posiciones que estamos considerando comparten un error fundamental. Tanto el liberalismo capitalista como el comunismo marxista asumen una concepción errada de la acción humana, de sus motivaciones y estructura, y de sus fines. Ignoran la identidad de la política y la ética, y al hacerlo le conceden a la economía un lugar que no le corresponde. Conciben al ser humano como un agregado de deseos e intereses dados y una razón que le sirve para determinar cómo satisfacerlos. El marxista busca explicar económicamente estos deseos e intereses. El liberal supone solamente que se actúe racional y libremente. Ambos ignoran la pregunta fundamental de la política: ¿qué significa vivir bien? Ambos, siendo herederos de una concepción pobre y profundamente equivocada del ser humano nacida en los siglos diecisiete y dieciocho, mercantilizan el placer y dan por sentado que la respuesta a esa pregunta consiste en la satisfacción de deseos básicos (hablar aquí de intereses de clase no sirve para absolutamente nada). Pero la verdad es que nuestros deseos e intereses, los que realmente importan, presuponen una percepción del bien, no lo constituyen.

Consideremos el deseo de comer un chocolate. Poseído el objeto, comido el Sublime, se acalla el deseo. El chocolate es bueno porque es deseado. Este es el paradigma que inspira la concepción de la acción humana que estamos criticando. Pero las actividades más significativas de nuestras vidas no tienen esa estructura. Cuando buscamos la amistad de una persona o amamos a alguien o educamos a nuestros hijos, cuando nos dedicamos al arte, aunque sea solo para apreciarlo, o practicamos algún deporte, lo que hacemos no se puede entender con el modelo del chocolate. En estos casos, la posesión del objeto no acalla el deseo. La posesión del objeto revela su valor y riqueza y le da forma a nuevas maneras de desearlo. Nuestros deseos más importantes involucran una percepción, aunque sea confusa, del bien de sus objetos. Lejos de buscar poseer su objeto, estos deseos impulsan a someterse a él.

Los seres humanos, en cuanto agentes morales y políticos, necesariamente poseen una identidad cultural o social. Una cultura es una manera de ser humano. Constituye un universo de valores y encarna sentidos de lo apropiado u oportuno, lo significativo, lo importante y lo trivial, lo gracioso y lo penoso. Las acciones morales existen dentro de una cultura. Los mismos movimientos corporales pueden ser una cosa en ciertas circunstancias y radicalmente otra en otras: un tratamiento dental curativo o una sesión de tortura; un ritual en la gran pirámide o un asesinato cruel. Una acción es lo que es moralmente solo con referencia al marco cultural dentro del cual se dé. Los Estados, objeto de la política, son espacios en donde habita una cultura.

La ética no tiene que ver con mandamientos ni normas, ni con fórmulas para decidir qué esté bien y qué mal. Tiene que ver con lo que sea el bien para los seres humanos, con la excelencia humana, con cómo educar y vivir bien. La ética trata de aquellos deseos y actividades que le dan sentido a nuestras vidas. La política trata del bien en cuanto común a los miembros de un Estado. Ambas disciplinas se ocupan de la pregunta "¿qué es vivir bien?", pregunta que la economía, simple instrumento, no puede responder por nosotros. Por ello no podemos distinguir claramente entre ética y política a este nivel de generalidad. Las distinciones aparecerán cuando introduzcamos el poder político, las instituciones del Estado y el bien común, los temas específicos de la política.

Cuando conversamos sobre asuntos públicos, en última instancia, estamos conversando sobre el bien y la justicia, cómo queremos vivir, qué país queremos construir. Hablar de política es hablar de nuestra cultura, de la que tenemos y de la que queremos. Toquemos tierra y terminemos con un ejemplo concreto. Conga no es exclusiva ni primordialmente sobre la conveniencia o no del proyecto minero. Si lo fuese sería relativamente fácil ya que sería un asunto técnico. Ni siquiera es sobre cómo queremos distribuir la riqueza. No; Conga es también sobre cómo queremos vivir en sociedad, cómo queremos tratarnos unos a otros y qué país queremos tener.

Fuente: Diario 16

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