martes, 25 de enero de 2011

Agravamiento del conflicto en Rusia

Otra vez Moscú

Escribe: Ramiro Escobar
rescobar@larepublica.com.pe

El terrible atentado de ayer en el aeropuerto moscovita de Domodédovo, que al cierre de estas líneas había causado al menos 30 muertos, no es, desgraciadamente, un fogonazo inusual, sino un estallido más de una mecha largamente prendida. Ataques de este tipo, con diversas variantes de crueldad y precisión, se han producido en Rusia desde 1995.

Este mismo aeropuerto tampoco es ajeno al terror. El 24 de agosto del 2004, dos aviones que habían despegado de su pista estallaron en el aire y luego cayeron, lo que provocó 90 víctimas mortales. Fue el mismo año en que, en setiembre, el rescate de rehenes en una escuela de Beslán (Osetia del Norte) terminó con 331 muertos, entre ellos varios niños.

Desde Lima, quizás esta sangrienta saga se ve lejana, pero no es irrelevante. Expresa un durísimo problema que Rusia, la otrora potencia y ahora país emergente (o más bien re-emergente), enfrenta por no haber podido resolver los conflictos que estallaron, de manera vitriólica y especialmente en el Cáucaso, al disolverse la URSS en 1991.

El Cáucaso es una suerte de puente entre el Mar Negro y el Mar Caspio y también un corredor que une Europa del Este y Asia Occidental. Antes era, casi totalmente, parte del imperio soviético, pero hoy está dividido, en el sur, en países independientes (Georgia, Armenia, Azerbaiyán) y, en el norte, en repúblicas que son parte de la Federación Rusa.

De estas últimas, donde buena parte de la gente es rusa a su pesar, provienen los comandos, o en algunos casos los solitarios atacantes suicidas, que suelen asestar estos golpes de terror contra la población civil. Lo de Domodédovo parece tener también ese origen y poner en evidencia que un resentimiento feroz late y las soluciones naufragan.

Añadamos que en Chechenia y Daguestán, dos de esas repúblicas levantiscas, la apuesta política de Moscú no ha sido precisamente pacífica y que en la región hay hidrocarburos, con lo que se tiene la fórmula perfecta para agravar un conflicto: recursos naturales ricos, intransigencia de ambas partes y un desprecio militante por los derechos humanos.

Fuente: La República

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