lunes, 25 de octubre de 2010

Defensoría del Pueblo, motivo de esperanza

El mal ejemplo de la Defensoría

Escribe: Jorge Bruce

Debe ser irritante, para buena parte de los funcionarios públicos peruanos, el papel de Beatriz Merino y la Defensoría del Pueblo. Cada uno de los documentos defensoriales, el más reciente de los cuáles es el informe acerca de la deplorable situación de las comisarías, hace saltar la pus. Ya sea la discriminación por orientación sexual o la corrupción en la educación, el maltrato infantil o la política forestal y la Amazonía, o bien la conflictividad social en el país, por citar ejemplos tomados al azar de mi memoria, dicha entidad no cesa de alertarnos acerca de las deficiencias escandalosas en el desempeño estatal.

Mediante el procedimiento de preparar cuidadosamente sus informes, sobre la base de datos comprobables y no de interpretaciones ideologizadas, no ha cesado de informarnos en qué puntos nos urge intervenir si de verdad queremos salir del subdesarrollo, del tercer mundo o como quiera que esté de moda llamarle al atraso, la desigualdad y la injusticia. Con lo cual no hace sino cumplir con el encargo que le ha dado la Constitución.

Con recursos disminuidos y las mismas dificultades de funcionamiento que el resto del aparato, la Defensoría es un modelo de lo que podría ser el Estado peruano. Por eso, en vez de causar fastidio, por poner en evidencia la hueca arrogancia de quienes, con el Presidente a la cabeza, se empeñan en pretender que vivimos en el mundo feliz de Aldous Huxley, debería generar emulación.

El problema es que gran parte del Estado –con notables excepciones– se caracteriza por una radical carencia de vocación de servicio. Mejor dicho, una entusiasta voluntad de servicio a mis intereses y los de mis allegados, sean estos de la familia, el partido o cualquiera de mi entorno. Es imposible que la mediocridad y la corrupción se transformen por iniciativa propia. Lo cual hace tanto más encomiable el trabajo de la Defensoría, una parcela de resistencia cívica en un territorio copado por la desidia y la desmoralización, como puede verse en la Policía, el Congreso o el Poder Judicial.

Beatriz Merino ha expuesto su credo laboral y de vida en un artículo publicado en El Comercio: Vivir la vida con valores. Con semejante título, admito que de no ser ella la autora lo más probable es que no lo habría leído. Hubiese temido encontrarme con un sermón hipócrita y superyoico, de esos que provocan más deseos trasgresores que ganas de enmendarse. De hecho, tal como está escrito, podría ser considerado un rollo normativo y rígido, de no ser porque está respaldado por la labor de una institución y su líder, cuyo trabajo coherente enaltece la idea de servicio público: hechos y palabras.

“¿Cuáles son los valores para vivir una vida digna de tal nombre?”, se pregunta la defensora, y responde: “La integridad, la honradez y la vocación de servicio”.

En circunstancias en que la ONPE y el JNE nos avergüenzan y mortifican por su incompetencia ambigua, la diligencia y rigor en el trabajo de la Defensoría constituyen un motivo de esperanza: con un Estado así, no necesitaríamos estar cacareando resultados económicos o traficando estadísticas para tapar las atroces condiciones de vida de tantos peruanos.

Fuente: La República

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