martes, 22 de junio de 2010

Una lectura peruana de Carlos Monsiváis

Carlos Monsiváis (1938-2010)

Escribe: Mirko Lauer

En un país de intelectuales, escritores y artistas particularmente poderosos, el mexicano Carlos Monsiváis fue el más querido. La imagen del joven que casi solo confrontó al Estado asesino de la masacre de Tlatelolco (1968) lo acompañó toda la vida. Usó su celebrado ingenio para satirizar los usos y costumbres de la política mexicana.

Aunque siempre se consideró sobre todo un periodista, su prestigio provino de la crónica y el ensayo culturales. Casi medio centenar de obras lo estableció como la voz contracultural de referencia en México. Días de guardar (1971), acaso su libro más apreciado, inauguró una nueva manera de ser intelectual en el país.

A pesar de que desde temprano la fama, el respeto y el poder lo rodeaban por todas partes Monsi, como lo llamaban sus amigos, hizo todos los esfuerzos del mundo por vivir como el marginal que había sido en su juventud. Desde la vestimenta más que informal hasta el gesto social más que hosco, y la dulzura de un hombre abrumado por sus logros.

En el fondo nunca se instaló en lo institucional. Mientras iba recibiendo algunos de los premios más importantes de la lengua, siguió siendo el contestatario que aceptaba becas juveniles, dictaba cursillos esporádicos, complementaba sus derechos de autor con cachuelos internacionales. Le huía al cuello y corbata como al mismo diablo.

Tlatelolco lo volvió un ícono de sucesivas oleadas de protesta juvenil mexicana. La rebelión de Chiapas reforzó su vocación de apoyo a los movimientos sociales. La fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD 1989) lo metió de lleno en la política activa, y se mantuvo cerca del partido hasta el final.

Su principal legado fue un conocimiento profundo del México cotidiano, desde su incomparable erudición sobre el mundo del espectáculo y la cultura hasta sus análisis sobre las complicadas ceremonias de la identidad mexicana. Tuvo frases que lanzaron líneas de reflexión completas en las ciencias políticas mexicanas.

Por el camino cosechó, además de la abrumadora popularidad que ya comentamos, una buena cuota de polémicas. La más sonada fue con Octavio Paz (1978), donde Monsiváis rompe lanzas en defensa de la izquierda, a la vez que acusa al poeta de ser benévolo y acomodaticio con el poder. Las chispas del intercambio todavía vuelan en México.

Visitó el Perú numerosas veces. Al comienzo para enriquecer foros culturales, hacia el final para recibir reconocimientos académicos. Se sentía cómodo en Lima, y aceptaba cada una de sus invitaciones. Veía en nosotros una provincia remota de algunas costumbres mexicanas, y por algún motivo la idea lo reconfortaba.

Fuente: La República

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