jueves, 4 de marzo de 2010

Escasa inversión del gobierno peruano en posgrados

La orfandad del posgrado

Escribe: Manuel Burga

Algo similar dijo Michael Porter para el sistema educativo peruano y lo mismo se puede decir para la educación superior pública y especialmente para el posgrado universitario. Esta es la triste realidad. Es decir que al llegar a la cúspide de un sistema educativo, a la anhelada meta que persiguen los gobiernos y los individuos que quieren ser maestros y doctores, se descubre que no existe ningún programa estratégico.

Los resultados de esta ausencia del Estado: San Marcos, por ejemplo, debe tener 29 mil estudiantes en pregrado y 6 mil en el posgrado, del cual deben egresar anualmente 600 y no se gradúan ni el 5% de los egresados, en los dos años siguientes.

En la universidad pública el pregrado es gratuito, cuando se tenía entre 18 y 23 años, y se podía recurrir al apoyo familiar y no era necesario investigar para aprobar los cursos. Ahora, en el posgrado, entre los 27 y los 35 años, cuando ya no hay ayuda familiar, sino más bien obligaciones familiares, no hay quién apoye estos estudios, sea en San Marcos y en cualquier otra pública. En algunas privadas, el posgrado es el gran negocio, pero también en las públicas, en las cuales sirve para pagar algo más a sus docentes de más calidad.

Muchos universitarios, en los 60, tuvimos la suerte de gozar de una beca de estudios en el extranjero y culminar una tesis doctoral que pronto pudimos convertir en libro. Ahora ese tipo de becas se han reducido a su mínima expresión, e incluso ha desaparecido.

Los perjudicados son países como el nuestro, que no tienen programas públicos de reemplazo. El gobierno peruano, en un gesto sin institucionalidad, pero con fotografías en Palacio, entregó 111 becas el 2009, que algunas autoridades universitarias, sin vergüenza alguna, entregaron a sus estudiantes políticos, que los sostienen.

Existe, desde el 2008, contrariamente, el Sistema Bicentenario Becas Chile que “tiene como objetivo fundamental la definición de una política de largo plazo de formación de capital humano avanzado en el extranjero”. Es un proyecto de grandes dimensiones que ofrece 2000 becas anuales, bien pertrechadas, para profesionales chilenos que deciden hacer sus maestrías y doctorados en el extranjero. Su meta es contar, en un plazo de 10 años, “con más de 30,000 maestros y doctores formados en el exterior”.

Esto podría parecer un evento coyuntural, pero no lo es. Un breve artículo de Adolfo Melfi, ex rector de la USP de Sao Paulo, y de Shozo Motoyama, profesor de la misma U., “La educación superior en Brasil”, que se publicará en España, en un libro colectivo, ilustra a cabalidad este proceso.

Nos indican que la inversión brasileña en educación se inició en los 60 y que ahora tienen un posgrado con un enorme respaldo estatal. Brasil es un país de 190 millones de habitantes, pero sus becas de posgrado simplemente nos dejan sin aliento: “En 2008, el sistema recibió de las agencias federales (CAPES y CNPQ) 57,785 becas, siendo 33,518 para los programas de maestría y 24,267 para los de doctorado” (Melfi y Motoyama).

¿Qué ha sucedido en nuestro país donde el Ministerio de Educación está informalmente albergado en alguna parte y en Brasil ocupa el mismo edificio –diseñado por Oscar Niemeyer– desde 1946? Este hecho ya sería emblemático de la ruina de nuestro sistema educativo público. ¿Por qué se abandonó a la educación pública en los años 70 y 80? No hay respuestas convincentes.

Lo cierto es que hoy, ante la escasa inversión pública, la educación privada ha crecido anómalamente, no para suplir esta ausencia, sino más bien para hacer negocio del infortunio y demoler los ahora escasos centros de excelencia educativa, en las universidades públicas y privadas.

Fuente: La República

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