lunes, 8 de junio de 2009

País hecho pedazos

País hecho pedazos

Escribe: César Hildebrant

¿De dónde salió este río de odio y muerte? Del desencuentro histórico. El Perú sigue siendo un país de pedazos no terminados de juntar. Un país hecho pedazos.

La sangre de la selva nos lo ha recordado.

No sé cuántas lecciones deberían sacarse de todo esto.

Supongo que una de ellas es que la violencia, esa vieja conocida nuestra, sólo llama a la tragedia.

Y a más violencia.

Sorprende escuchar a Yehude Simon y a los ministros que lo flanquean en estas circunstancias.

Ni una palabra de autocrítica, ningún lamento por el desenlace, ninguna promesa de que episodios como este no se repetirán.

Jactancia macabra, más bien. Triunfalismo sobre una ruma de cadáveres.

“Hemos impuesto el orden”, dicen.

Bueno, eso lo decía Esparza Zañartu, el jefe policial del general Odría.

“La carretera Fernando Belaunde ahora es transitable”, dicen.

Como si la carretera Fernando Belaunde valiera tantos muertos. Como si no hubiera caminos mejores para llegar a arreglos razonables con quienes se sintieron -y se sienten- amenazados por la invasión, la contaminación y el despojo.

“Los indígenas han estado permanentemente desinformados”, dice el señor Simon.

Y lo dice sin reparar en el hecho de que él es el mayor responsable de esa supuesta desinformación.

¿Que han operado instigadores y pirómanos? No lo dudo.

¿Pero a quién culpamos por no contrarrestar las exageraciones que esos azuzadores regaban en la selva?

La matanza se ha producido justo cuando el señor Yehude Simon iba a viajar a la selva a reunirse, sin intermediarios, con los apus. Si Pizango era un obstáculo, ¿no era hora del trato directo? ¿No debió hacer eso hace muchos días? ¿No es que el primer ministro cumple un rol político?

Por otro lado, hay gente en la izquierda que ha querido usar el movimiento amazónico como catapulta y pretexto.

Es la misma gente que jamás condenó a Sendero Luminoso ni al MRTA. La misma gente que sigue creyendo en la dictadura del proletariado que ellos -vanguardia iluminada- monopolizarán.

Algunos de ellos son los viejos comisaurios del leninismo siberiano. Los que no tuvieron piedad cuando Stalin fusilaba al comité central del partido que nació dizque para liberarnos de yugos y servidumbres.

Otros son los aventureros que apuestan por el radicalismo sin programa y sin alternativas.

La política peruana es una guerra de trincheras en la que las balas perdidas son las que más matan. Es hora de no seguir apostando por el caos armado (y ensangrentado).

Y es hora de hacer un frente, sagaz y democrático, en contra de este gobierno que, como digno sucesor del fujimorismo, no tiene miramientos cuando de rematar los recursos nacionales se trata.

Es la hora de la oposición inteligente. Es la hora de que las instituciones mejor preservadas -la Defensoría, el Ministerio Público, el Tribunal Constitucional, la prensa no hipotecada- actúen con todo el poder que la ley les permite. A más arbitrariedad alanista, más instituciones y valores en funcionamiento.

Los asesinos de policías tienen que pagar por lo que han hecho. Pero los asesinos de civiles merecen el mismo rigor. No hay fratricida inocente.

Escuchando a Yehude Simon daba la impresión de que sólo los policías estaban muertos. Y su modo avaro de contar a las otras víctimas resultaba horrendo.

El señor Simon ya ha dicho que no va a renunciar. Bueno, está en su derecho. Lo que tiene que saber es que un cortejo de cadáveres lo seguirá, a partir de ahora, adonde vaya.

La señora ministra del Interior también ha dicho que se mantendrá en su puesto. Lo que demuestra que la disciplina partidaria también puede conducir al suicidio político.

A estas horas de entierros y lamentos hay dos hombres que deben estar regodeándose.

Uno es Alberto Fujimori. El otro es Abimael Guzmán. Ambos comparten el mismo desprecio por la democracia, el mismo entusiasmo por las soluciones apocalípticas y la misma carencia de escrúpulos.

Parece mentira que el Perú no haya aprendido, con tamaños ejemplos, que el asesinato revolucionario y el escarmiento fascista son caras de la misma moneda.

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