domingo, 18 de enero de 2009

¿A quien debilitará más la crisis económica?

Lo que nos viene

Escribe: Moisés Naím

¿A quien debilitará más la crisis económica: a Hugo Chávez o a Álvaro Uribe? ¿A Cristina Kirchner, a Lula da Silva o a Felipe Calderón? ¿A Rafael Correa o a Alan García?

Este será el tema dominante del 2009: la desestabilización política causada por la crisis económica. Cuando sepamos las respuestas a estas preguntas sabremos más sobre la evolución futura de América Latina. Sabremos, por ejemplo, si los efectos sociales de la crisis económica apuntalaron a los populistas con buena retórica y malas políticas económicas como Correa, Chávez y Morales, o si las dádivas combinadas con las denuncias a la oligarquía local y al imperio del norte no bastaron para seguir encantando a una población hambrienta, desempleada y desengañada. Pero también podríamos descubrir que la crisis devastó a los gobiernos de buenas políticas económicas. Podría ser que Lula da Silva, Álvaro Uribe, Felipe Calderón o Alan García no tengan más remedio que sucumbir a las presiones populistas que genera la frustración con políticas económicas sanas pero que debido a la recesión mundial no logran generar suficientes ingresos para que la inmensa mayoría pobre coma tres veces al día. Esto no quiere decir que las políticas de corte populista logren mejorar la situación social, pero sí pueden ofrecer una respuesta política temporal para enfrentar el clima de linchamiento producido por una fuerte caída de los ingresos.

El desenlace de todo esto depende en parte de la manera como la crisis mundial le pega a los distintos países. Hay cinco principales “correas de transmisión” a través de las cuales viaja el shock económico del resto del mundo hacia América Latina: el comercio, la inversión, el crédito, las remesas y el turismo. El impacto del comercio es conocido y doloroso: llega a través de precios más bajos de las exportaciones de América Latina. Un mundo en recesión —y en especial una China que crece más lentamente— consume menos carne, petróleo, cobre, soja o cítricos. Esto reduce los precios de estos productos y América Latina, que primordialmente exporta materias primas y productos agrícolas, tendrá por lo tanto menores ingresos. Entre 2002 y 2007 la región tuvo sus mejores cinco años de crecimiento económico en más de cuatro décadas. Este éxito fue esencialmente debido al aumento de los ingresos por exportaciones lo cual, a su vez, fue causado por el boom en los precios de las materias primas. Este boom se acabó.

El otro impacto que se sentirá —y duro— será causado por la disminución de los flujos de dinero a la región: créditos, inversiones y remesas. El crédito va a ser escaso y caro para todos en el mundo y los países y las empresas de la región no serán la excepción. Sufrirán más los países que tienen un mal historial de pagos (Argentina) o quienes sean percibidos como de alto riesgo (Ecuador). Pero la realidad es que a todos los países y empresas —aun aquellos con buen crédito— les costará conseguir financiamiento. Y el dinero prestado a tasas de interés más altas se traduce en menos dinero disponible para hospitales, colegios y programas sociales. La inversión también se contraerá ya que los inversionistas internacionales deberán rebalancear sus carteras y muchos cubrirán sus pérdidas globales vendiendo sus activos en mercados emergentes como Brasil, México o Chile. Esto ya ha sucedido en gran medida, pero la realidad es que el clima de volatilidad e incertidumbre hace que el apetito por inversiones riesgosas haya desaparecido. El dinero se refugia en inversiones seguras (cash is king! es el lema de Wall Street) e invertir en América Latina es siempre percibido como una decisión riesgosa.

El otro importantísimo flujo de divisas hacia la región son las remesas. Se estima que en 2009 las remesas a nivel mundial (que alcanzarán este año 283 mil millones de dólares) caerán un 9%. Obviamente, países como México, así como los centroamericanos y los caribeños (República Dominicana, por ejemplo) sentirán este impacto
con mucha fuerza. Cabe notar que los emigrantes latinoamericanos que trabajan en otros países mandan más dinero a la región que todas las multinacionales en su conjunto.

Finalmente, el otro golpe económico será la caída de los ingresos por turismo, lo cual se sentirá con particular fuerza en los países del Caribe y en México.

Tolstoi comienza Ana Karenina notando que todas las familias felices son iguales, pero que las infelices lo son cada una a su manera. Todos los países de América Latina serán duramente impactados por la crisis, pero cada uno recibirá el golpe de otra manera. Y su gente, sus políticos y sus gobernantes también reaccionarán de muy diversas maneras.

Las economías menos diversificadas que llegan a la crisis con una situación económica de por sí precaria, sufrirán más que las que reciben el golpe asentadas en políticas públicas más flexibles y sostenibles. Venezuela, por ejemplo, recibirá el impacto teniendo ya por varios años la inflación más alta del hemisferio y con todos sus sectores productivos devastados por la hostilidad hacia la inversión privada y fuertes desincentivos a la productividad. Quienes hacen dinero en Venezuela —y demasiados hacen muchísimo dinero— no producen nada. Más bien son quienes se han sabido colocar entre el tsunami de gasto público indiscriminado y el resto de la población. En otras palabras, en la Venezuela de hoy la manera de enriquecerse no es ser un eficiente productor avícola sino un importador de pollos con buenas conexiones con gobernantes y militares. Evidentemente, la caída del precio del petróleo le hará mucho daño a la economía venezolana que no tiene más flexibilidad que sus altas reservas y la esperanza de que el precio del petróleo no colapse.

Argentina también sufrirá por la caída de los precios internacionales de la carne y la soja. Pero mucho más por la desaparición del crédito. Antes de que las líneas de crédito menguaran para todos en América Latina —y el mundo— sólo Hugo Chávez estaba dispuesto a prestarle a Argentina.

Y últimamente, ni él.

Brasil, México, Chile, Colombia o Perú deben, en principio, estar mejor preparados para enfrentar la crisis. Pero es posible que la magnitud de la catástrofe sea tal que no importa qué tan bien hayan hecho los países su tarea macroeconómica. El impacto puede ser tan severo y prolongado que no hay políticas económicas sanas que sirvan de suficiente amortiguador al impacto social. Si esto sucede, lo que estará en juego en América Latina será mucho más que la estabilidad económica. Ojalá que no.


Moisés Naím. Venezolano, dirige la revista Foreign Policy y escribe una columna semanal para el diario El País que se reproduce en los principales diarios de América Latina.

Fuente: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=48

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