domingo, 19 de octubre de 2008

Las dos crisis de seguridad de América Latina

Las dos crisis de seguridad de América Latina

Por: Román D. Ortiz. Analista político*

Prever una crisis no equivale a poder evitarla. La historia está llena de ejemplos de cómo políticos y militares han dado señales de entender que una tormenta de grandes proporciones se estaba formando en torno a ellos; pero han sido incapaces de contenerla. A partir de mediados de los 80, las cancillerías occidentales comenzaron a tomar conciencia de que la Federación Yugoslava caminaba hacia su desintegración. Sin embargo, EE.UU. y sus socios europeos fueron incapaces de frenar la espiral de tensiones étnicas que condujeron al estallido de las guerras balcánicas de los 90. Dicho de otra forma, a veces se pueden sentir por anticipado los movimientos tectónicos del escenario internacional, pero eso no quiere decir que puedan evitarse.

Algo así parece estar sucediendo en América Latina. Dos tendencias de distinta naturaleza están erosionando la estabilidad del continente. Por un lado, la retirada de EE.UU. de la región y el surgimiento de una serie de rivalidades entre las capitales latinoamericanas. Por otra parte, el crecimiento del crimen organizado y el terrorismo. Ninguno de estos procesos es nuevo. El cambio en las reglas del juego estratégico entre los estados latinoamericanos podría remontarse a la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela a finales de 1998. De igual forma, se puede decir que las democracias latinoamericanas han consumido cuatro décadas luchando contra el narcotráfico. Sin embargo, la actual debacle financiera promete agravar este escenario. De hecho, una economía en recesión estimulará los reflejos nacionalistas de los gobiernos al tiempo que incrementa las dificultades para financiar los esfuerzos para contener el crimen organizado. Para entender las fuerzas que están alimentando la presente crisis de seguridad, es necesario recordar el papel que ha jugado EE.UU. en el Hemisferio. Durante décadas, su influencia fue tan decisiva que obligó a los países latinoamericanos a dejar en segundo plano sus rivalidades para concentrarse en gestionar las relaciones con Washington. De hecho, el discurso a favor de la unidad latinoamericana estuvo alimentado por la necesidad de desarrollar posiciones comunes frente al actor más poderoso del continente. Ahora, con Washington demasiado asfixiado en Iraq y la crisis económica para prestar atención a América Latina, los gobiernos de la región pueden dejar de mirar hacia el norte y sacar las cuentas pendientes con sus vecinos.

Para imaginar el futuro, basta con recordar cómo el repliegue estadounidense de América Latina a finales de los 70 desencadenó una lista de crisis que incluyó desde las tensiones chileno-peruanas de 1976 hasta la guerra de las Malvinas en 1982. Solo que ahora hay un ingrediente nuevo: una fractura ideológica entre los países que mantienen su confianza en la democracia y el mercado como vías de desarrollo y aquellos que han optado por una combinación de autoritarismo político y estatización de la economía bautizada como socialismo del siglo XXI. Una división que promete acentuar la crispación regional.

El segundo choque contra la estabilidad de América Latina viene de la incapacidad de los estados para confrontar amenazas como el narcotráfico y el terrorismo. Hoy los gobiernos de la región pagan las consecuencias de haber optado por construir aparatos de seguridad frágiles en la creencia absurda de que eficacia en el mantenimiento de la ley y los derechos humanos eran irreconciliables. Un ejemplo de ello es cómo durante largo tiempo se promovió la creación de cuerpos de policía descentralizados como la opción supuestamente más democrática. Basta con mirar la corrupción de las estructuras policiales de México y Argentina para entender lo errado de estos juicios. Entretanto, el adversario ha desarrollado capacidades formidables. Ahí está la sofisticación de los submarinos con los que los narcos trasladan toneladas de cocaína a través del Caribe.

Entonces, ¿cuál es el futuro? Desde luego, nada fácil. Cualquiera de las dos crisis señaladas --el crecimiento de las tensiones regionales y la expansión del crimen organizado-- representarían un enorme desafío por sí solas. Juntas pueden llegar a ser inmanejables. De hecho, el combate contra amenazas transnacionales como el terrorismo o el narcotráfico impactará sobre las rivalidades estratégicas regionales para generar escenarios volátiles donde un mero chispazo puede desatar un gran incendio. Basta con recordar cómo la operación colombiana contra uno de los líderes de las FARC el pasado marzo desembocó en una crisis regional que involucró a Venezuela, Ecuador y Nicaragua. Durante décadas, América Latina ha podido presentarse como una región relativamente pacífica en comparación con Oriente Medio o Europa. Las fuerzas que están reconfigurando los equilibrios estratégicos del continente podrían enterrar definitivamente esa reputación.

* Coordinador del Área de Estudios de Seguridad y Defensa Fundación Ideas para la Paz

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