domingo, 3 de junio de 2007

Reflexiones sobre educación

REFLEXIONES SOBRE EDUCACIÓN

Fuente: http://www.snte.org.mx/?P=reflexiones


El reto de la definición estratégica: educación integral y proyecto nacional

La educación nacional frente a la globalización y la era del conocimiento

Mtra. Elba Esther Gordillo

La educación pública es la vía que dispone el Estado para impulsar el desarrollo nacional; educarnos, es el camino que cada individuo tiene para construir su propio desarrollo.

La contundente evidencia del poder transformador de la educación es la propia historia nacional: México es lo que es, México es como es, por la acción de la educación, por el impacto profundo de la escuela pública mexicana. Y ese poder transformador de la educación es cada vez más vigente.

Las naciones, las sociedades, los ciudadanos que tienen los mejores niveles de bienestar, de gobernabilidad, de generación de riqueza, de tolerancia, de sustentabilidad, son aquéllos que están más y mejor educados.

Hoy, que la era del conocimiento interpela los paradigmas construidos durante las revoluciones industrial y postindustrial, y la globalización se ha convertido en la moneda de cambio en las relaciones humanas, el valor de la educación crece todavía más ya que es la única capaz de procesar los cambios a la velocidad y en la dirección que se presentan.

Cuando el imponente desarrollo de la tecnología y de las comunicaciones cumplen la profecía de la aldea global, nuevamente es la educación la única capaz de generar los lenguajes con que los pobladores de dicha aldea se relacionan y comprenden.

Querámoslo o no, globalización y era del conocimiento son fenómenos que se expresan de muchas maneras, todo el tiempo y por todas partes, sacudiendo al andamiaje institucional de prácticamente todas las naciones.

Frente a esto, hay que aceptar que, como país, tenemos una gran resistencia a reconocer los tremendos cambios que se presentan frente a nosotros: si las condiciones del país son radicalmente distintas; si la sociedad es cualitativa y cuantitativamente diferente; si el contexto internacional nada tiene que ver con el previo; si las instituciones que nos permitieron emerger en el mundo están rotos, entonces ¿por qué no decidirnos a reconocer las nuevas realidades y actuar en consecuencia?
Y esa consecuencia no es otra que la de decidirnos a cambiar el andamiaje institucional de que disponemos, para estar en condiciones de movernos en todos los ámbitos y situaciones.

La respuesta correcta no es entonces si aceptamos el cambio, sino hacia dónde queremos conducirlo; con qué objetivos socialmente válidos lo impulsaremos; qué nación habrá de surgir de él, con él y por él.

En el histórico binomio proyecto de nación-educación, fue el Artículo Tercero de la Constitución, el que tuvo a su cargo la definición de ambos, dando sentido y dirección a un país que estaba materialmente destruido, socialmente enfrentado e institucionalmente colapsado.

Con una correcta perspectiva histórica, es al Artículo Tercero donde se define a la democracia como un proyecto de vida, fundada en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo, en momentos en que eran las armas las que imponían el fuero.

Fue en ese texto donde nos impusimos hacer a la educación obligatoria, con un analfabetismo casi universal; hacerla gratuita, frente a una economía destruida y una fiscalidad inexistente; vincularla al progreso científico, cuando el dogma todo avasallaba; y reconocer el valor del laicismo, en momentos en que la intolerancia religiosa era factor de poder.

De esta evidencia histórica podemos extraer dos lecciones: la primera, que por mucho que sean las diferencias las que busquen predominar, cuando hay un proyecto común, validado desde cualquier perspectiva o ideología, los acuerdos son posibles. Ése fue el caso del Proyecto de Nación que en 1917 se decidió impulsar, y la convicción de hacer de la educación la vía para construirlo.

La segunda lección es que ha sido frente a las condiciones más adversas, menos propicias, cuando los mexicanos extraemos la fortaleza necesaria para emprender los grandes retos.

Hoy, nuevamente el país se encuentra extraviado y el proyecto nacional ni expresa lo que buscamos ni cuenta con los consensos necesarios para emprenderlo.

Ahí están las evidencias: hace más de dos décadas que el país no genera riqueza; la concentración del ingreso polariza a la sociedad; la pobreza crece consistentemente; la movilidad social proviene únicamente de la economía informal, la delincuencia o la migración; la disfuncionalidad social se expresa en casi cualquier cosa.

Nuestra democracia es cara, sus resultados magros; la política tiene extraviada su misión y el Estado se encuentra cada vez más distante del colectivo social.

Si bien la reforma del Estado se hace indispensable, no bastará con ella mientras no tengamos un Proyecto de Nación que cuente con los consensos suficientes.

No nos preguntemos qué Estado queremos, sino qué país queremos y, entonces sí, qué instituciones se hacen necesarias para lograrlo. Y nuevamente, apoyados en nuestra experiencia histórica no podrá haber Proyecto de Nación sin el proyecto educativo que lo haga posible.

Tenemos que repensar el Proyecto Educativo Nacional; el que tenemos ya no corresponde ni con nuestros problemas ni con nuestras potencialidades.

El Sistema Educativo Nacional, a través del cual se cumple con la obligación constitucional de entregar la educación pública, es un aparato obeso, carente de criticidad, alejado del conocimiento y desvinculado de la realidad social que pretende reconocer y transformar.

Para repensar el proyecto educativo, no sólo de cara al siglo XXI, sino a lo mucho de que disponemos para hacerlo, tenemos que empezar por reconocer que su construcción, su formulación, su cuestionamiento, no puede ser exclusivo de nadie y sí en cambio, de ser responsabilidad de todos.

Somos muchos los actores que cotidianamente incidimos en el hecho educativo y, que en consecuencia, tenemos responsabilidades objetivas frente a él: los padres de familia, los maestros, los intelectuales, las universidades, las organizaciones no gubernamentales, los comunicadores, los líderes empresariales, los líderes religiosos, los administradores públicos, los gobiernos de los tres niveles.

No se trata de proponernos una reforma más; los archivos están plagados de acciones parciales que sólo han complejizado aún más el fenómeno, ni de la firma protocolaria de compromisos que se derrotan en la cotidianidad, sino de un cambio de fondo de nuestra forma de entender la educación, de potenciarla, de convertirla en el bien público privilegiado capaz de corregir la desigualdad social de manera estructural.

Y para pensar el Proyecto Educativo Nacional, responsablemente, el SNTE se ha propuesto realizar el Cuarto Congreso Nacional de Educación que fue decidido en el Consejo Nacional del SNTE en Manzanillo, el pasado mes de febrero y al que hoy públicamente convoco, para que repensemos el Proyecto Educativo de México frente a la era del conocimiento y la globalización.

La convocatoria parte de una convicción y una declaración:

La convicción es que la educación que funcionó durante gran parte del siglo pasado, correspondía y, en muchos sentidos sustentaba, al régimen político que emergió de la Revolución Mexicana.

Su organización, sus objetivos, su despliegue, incluso muchos de sus contenidos, correspondían con el régimen político que se fue consolidando hasta configurar un pacto social que articulaba la población y del que se beneficiaba la sociedad en su conjunto.

El fin del régimen político, si bien había empezado antes, culminó el año dos mil, cuando la alternancia en el Poder Ejecutivo se produjo en un ambiente de paz social y gobernabilidad plena.

Con todo y que aún no emerge un régimen político sustituto, es un hecho que la educación está liberada de su responsabilidad de régimen, por lo que debemos reformularla a partir de la evidente consolidación de un país de ciudadanos.

Ésa es la diferencia esencial y de ninguna manera menor: la educación pública deberá estar al servicio de los ciudadanos y no del régimen político, y si la característica esencial de un ciudadano es la capacidad de crear libertades, ése será el mandato fundamental de la educación pública nacional: crear libertades.

Es de tal magnitud el reto que tenemos por delante, que sólo podremos superarlo si nos decidimos a aplicar una política de Estado para enfrentarlo; es decir, que más allá de los cambios de gobierno o de partidos, definamos cómo le daremos continuidad; que establezcamos cómo le definimos y asignamos recursos fiscales por espacios de diez, quince y más años; de cómo la sociedad organizada y aun la abierta, se propone metas a cumplir y asume su corresponsabilidad de cómo convertimos a los tres niveles de gobierno, en potenciadores y no en inhibidores; de cómo volveremos a hacer de la educación nacional, el más apreciado de nuestros bienes públicos.

Frente a la magnitud del reto, la experiencia histórica que en esta materia tenemos, es un magnífico y estimulante referente.

Tal como la historia nacional lo demuestra, ya lo hemos hecho antes; no sería nuevo para los mexicanos.

De nosotros dependerá aprobarlo.

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